“El dolor es más fuerte entre los más fuertes. Como el cáncer”  Antonio Gala

La “rusca” devora, desangra, no deja rehenes, ataca con cobardía y sin descanso. Sampedro desveló su demoníaca apariencia y ahora ha resucitado una vez más. Me rozó, noté su fría presencia en la espalda pero no se instaló en mí. Fue en ella, en una mujer joven, con treinta y seis recién cumplidos, madre de mi hija, que jamás había padecido enfermedad y que de repente veía truncado su mundo desmoronándose como un castillo de naipes.
El olor a desinfectante invadía la sala, cuyo continuo gotear de médicos entrando y saliendo, mareaba. – La biopsia ha confirmado que se trata de un tumor maligno alojado junto al riñón derecho. Hemos de extirparlo cuanto antes. Ese desconocido, embutido en su bata blanca y con unas pequeñas y ridículas gafas, nos anunció la peor noticia que podíamos esperar. Abandonamos la consulta en silencio, con la cabeza gacha, resignados, en un estado de relajante shock. Ella intentó restarle importancia y yo, abstraído, le seguí el juego. Estaba atenazado por el miedo, acobardado, la situación me parecía tan irreal que preferí caminar asintiendo a todo, callar para que su entereza no sufriera daño. A la mañana siguiente pude reaccionar. Decidimos salir de viaje unos días, lejos de las campanas de la hermosa Navidad. Fue un acierto, reímos, jugamos, desconectamos, aunque fue imposible evitar que esa innombrable presencia, a la luz de la luna, penetrase en mi cabeza al menor descuido.
Apenas supimos la fecha de la intervención, ella empezó a sufrir altibajos y dudas: – no veré crecer a nuestra hija, ¿verdad? No quiero abandonaros. Estoy podrida. No podía mirarle a los ojos ante semejantes palabras. Temía romper a llorar, sólo me atreví a decir que no sufriera por nada ni por nadie, que sólo era una pesadilla y como tal pasaría sin dejar rastro. También le dije que estaba confiado, que éramos afortunados por detectarlo a tiempo y que las perspectivas eran las mejores. Sabía que ella percibía el temblor de mi voz y mi escasa determinación, aun así pareció calmarse. No cabía la menor duda de que si ella me faltaba, algo moriría en mí pero que con las fuerzas que me restasen velaría por nuestra hija.
Tras cuatro horas agónicas, nos comunicaron que la operación había sido un rotundo éxito y que con ella, empezaba prácticamente desde cero. Cada seis meses pasaría una revisión rutinaria y podría retomar su vida donde la interrumpió. Estamos muy satisfechos -nos cuesta asimilar la vuelta a la normalidad- por haber ganado nuestra primera gran batalla que supongo no será la última que librar. Hemos aprendido que no somos inmortales aunque la unión nos hace topoderosos y mucho más cuando contamos con el apoyo de los que más queremos. Si vuelves “rusca”, esta vez no estaremos desprevenidos, lo pasarás mal, jodidamente mal. ¡Estás advertida!

-Para todos los que han estado ahí y para ella-.

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