Metro de Madrid, no sólo no vuela sino que se arrastra y te arrastra a las situaciones más inverosímiles que puedas imaginar. He de aclarar que siempre me he considerado un caballero educado, adalid de las buenas costumbres. Una persona cortés.
La observé desde el momento en que atravesó las puertas de metal. Sonó el silbato y el convoy empezó a moverse. Mi aguda vista me alertó de su estado y con rapidez pero sin aspavientos intenté cederle el asiento. Ella me ignoró desde el principio. No dijo palabra. Ni siquiera me miró. Pareció odiarme al instante. “Tal vez es dura de oído”, pensé a modo de justificación. Aún recordaba, no sin cierta aprensión, a mi capitán con sus graves problemas de audición (de chaval se le cayeron las orejas por una extraña enfermedad). Insistí, esta vez con una mímica digna del mejor Tricicle, y ella, mirándome fijamente a los ojos y algo azorada, me dijo: “eres un gañán”. Acto seguido me asestó un bofetón en plena cara. El sopapo resultó sorpresivo, esplendoroso, sonoro, intenso, de bella factura, casi perfecto. Una ambigua sensación me invadió, una mezcla de dolor y de admiración difíciles de explicar. De repente deduje dos cosas: que no estaba embarazada como presumía, pese a tener una barriga bien formada y prominente, y que necesitaba asistencia psiquiátrica urgente, lexatín de 3 mg. al menos. Sin darme cuenta, la inercia del golpe me devolvió a mi asiento, estaba atontado y con mi ego maltrecho. Intenté acabar el sudoku del ADN, 1, 2, 9… 3, tarea imposible. Había perdido la concentración por completo. Mi cerebro mostraba una agitación inusitada, algo incontrolable deseaba escapar, y así fue. Abrí la boca de par en par y empecé a ladrar con furia a mi atacante, ¡guau!, ¡guau!, ¡guau!, no podía parar, babeaba sin control e incluso intenté asestarle una dentellada. Dos pasajeros me sujetaron por los brazos y me dieron un hueso de pollo, evitando que saltara sobre ella. Tuve que bajarme en la siguiente estación avergonzado por mi primitivo y dudoso comportamiento. Allí me encontraba, en Batán, a las siete y cuarto de la mañana y con mi hueso en la boca.
La aterrada chica se alejaba con la cara pegada al cristal. Ella se lo había buscado. No era de recibo el galletón que me soltó, ¿es que no pudo haber disimulado?; sentarse y santas pascuas. A nadie le interesaba si estaba o no embarazada. A mí el otro día un chaval quiso cederme el asiento en el autobús y no le crucé la cara. Simplemente le dije: “siéntate cagando leches, majo”.
Los lunes eran tormentosos, y éste tenía visos de relato kafkiano. Para empezar me dolía la garganta e iba a llegar tarde al trabajo de no aparecer el metro. Llevaba casi diez minutos de espera y la gente se iba agolpando en el andén en silencio. Por fin llegó, abrió las puertas y sálvese quien pueda, empujones, codazos y adentro. Me estaban pisando frenéticamente y al final se me salió un zapato. ¡Su puta madre!, grité. Estaba encajonado, apenas podía moverme y mi zapato desaparecido. Me giré con enorme esfuerzo hacia las puertas y cuando se cerraban distinguí a un sujeto que lo sostenía entre sus manos dando saltos de alegría. “Joder cómo está el patio”, pensé para mis adentros. Reaccioné haciéndole señas para que no abandonara el andén. Enseguida volvería al rescate.
Estaba hecho un manojo de nervios, llegaría tarde al trabajo, tenía que recuperar el zapato y ahora me dolía la tripa, ¿por qué no me habría quedado en casa?. Las ostras del domingo eran las culpables, debían de ser del Precámbrico, agudos retortijones me sacudían. Había pasado muy mala noche, entrando y saliendo del servicio sin descanso, pero como me encanta quedar bien, pues eso, allí estaba en pie de guerra dispuesto a trabajar. En la estación de Lago, me apeé y corriendo a todo correr, cambié de andén. Esperaba que el tipo ése no se hubiera largado con mi zapato. Era un 45, un gran pie, no creía que tuviese semejante número y además, qué tonterías andaba imaginando. Claro que cabía la posibilidad de que fuera cojo o conociese a alguno, y se lo quedase, un Martinelli era un Martinelli. Mi amigo, “el mandrias”, había dorado los zapatos de sus hijos y los usaba como maceteros aunque dorar un Martinelli del 45 debía ser la hostia de caro pero como macetero parecía viable.
De nuevo en Batán, en el andén de enfrente estaba mi hombre, “qué cara de panoli tiene y con el zapatón en las manos da bastante miedo” pensé. Me miró e hizo amago de lanzarlo, dudó por un instante. Yo le animé: ¡tira aquí, tira aquí, estoy solo!, y el zapato comenzó a describir una maravillosa parábola hacia mí. La pesadilla estaba próxima a su fin. Pero no. El jodido menda tenía menos fuerza que Blancanieves y el zapato aterrizó en medio de las vías. “Me cago en la leche, hoy nada me sale bien” dije, y para no empeorar las cosas, agarré una bolsa de Caprabo de la papelera, me envolví el pie izquierdo y tomé el metro para casa. Hoy no iba a trabajar, no podía luchar contra los elementos.

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