Hoy es domingo. No es un domingo cualquiera, es 21 de marzo, el primer día de la primavera de 2010. Mi hija y yo corremos alrededor de un seto rectangular en cuyo centro explotan los vivos colores de los capullos de rosa. No hace calor aunque empiezo a notar que el sudor empapa mis axilas.

La niña se empeña en seguirme e incluso me intenta adelantar. Son cinco años los que ha cumplido y tengo que esforzarme más de lo que pensaba. Por fin la dejo pasar y acelera orgullosa, una hermosa sonrisa ilumina su cara. Me reta a seguirla y lo hago, disfruto viéndola disfrutar. Me hace sentir joven y libre, también responsable e importante en su vida.

Atravesando el paso de cebra, está por llegar un anciano. Se ayuda de unas muletas para moverse; ahora está parado en la acera. Se percata de nuestra presencia al igual que yo de la suya aunque nuestros ojos no se encuentran. Ambos observamos los pequeños saltos de mi niña al correr. Yo me he detenido. Vuelvo a mirarle sin querer; esta vez sí coinciden nuestras miradas y él aparta la suya con rapidez como pidiendo disculpas. Por un momento la desvía al suelo. Intento evitarle pero no puedo dejar de observarle de reojo. Sigue allí, estático, contemplando a mi niña correr y saltar. Levanta un brazo para secarse con la manga, está llorando.

Le digo a mi hija que pare y proseguimos nuestro camino de la mano.

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