No era un fantasma quien surgió entre la niebla sino mi mayor pesadilla. Tenía la esperanza de haberle despistado pero parecía una misión imposible. Me llevaba persiguiendo sin descanso desde hacía días. Estaba agotado, apenas había dormido, sin comer, huyendo como una maldita rata. Su sombra se cernía sobre mí en cada esquina, no era capaz de alejarla. El cabrón había asesinado a mi mujer y a la pequeña y ahora pretendía acabar conmigo. Yo no tuve intención de matar a esa puta, a esa puta de mierda. Quien iba a pensar que tendría por hijo a un salvaje asesino sediento de venganza. No podía aguantarlo más, estaba tan cansado, tan humillado, tan vencido. Abandoné la oscuridad del callejón y empecé a reír descontroladamente. Sus ojos inyectados en sangre me vieron y empezó a correr como loco hacia mí. Antes de alcanzarme, le grité: ¡jódete, hijo de puta! y cayó sobre mí.

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