No sé qué día es, ni me importa. Me invade una ancestral desidia. Tiemblo. Me incorporo desde el mugriento sofá con esa inquietante sensación. Frente al espejo mi imagen parece desvanecerse por unos segundos. Las negras ojeras refulgen incrustadas bajo mis ojos y un tono morado sustituye al amarillo hepático habitual. Estoy dejando de respirar sin quererlo, mi mente persigue aniquilarme y lo hará algún día. De un cabezazo desaparece el reflejo convertido en cientos de esquirlas y penetra en mi garganta una voluptuosa bocanada de aire fresco. ¡Hoy no será, cabrón! Son ya siete los espejos destrozados, he de comprar más, éste fue el último. El último en caer y el que me ha dado una nueva tregua que no sé si merezco. No me molesto en recoger sus pedazos esparcidos por el suelo, con la confianza de que intimiden a esa poderosa fuerza, tan poderosa que anula mi voluntad y quebranta la de los otros. El terror me paraliza ante la certeza de que soy su esclavo y desconozco el final que me dispensará.

La historia se inició sin percatarme, un vulgar día en que mis movimientos dejaron de ser voluntarios. Había perdido la confianza y parecía inerme como un bebé. Deseaba comprender lo incomprensible, una explicación, el porqué de aquello. Una profunda impotencia me invadió. Por primera vez mi mente tuvo conciencia de su poder absoluto. Escribir, trabajar, andar, dormir… lo cotidiano se convirtió en una lucha desigual en la que apenas tenía posibilidades. Mi mente rumiadora, como si de una marea negra se tratase, se extendía por doquier pudriéndolo todo a su paso. Perdí a mis amigos, abandoné a mi familia, engañé a mi mujer, dejé el trabajo y aun así no supe derramar una esperanzadora lágrima. Tan solo mi instinto de supervivencia y el alcohol impidieron que me suicidara. Horas etílicas empapaban mis días y los unían con otros en una rueda que giraba sin detenerse. Recuperé el control, o eso quise creer; humo de tabaco, vomitonas, algún que otro polvo, risas, fueron efímeros aliados aunque apenas recuerdo si eran reales. Mientras, agazapados, mis pensamientos esperaron un signo de debilidad que pronto llegó y me sumí en un estado de desesperación y de culpa inenarrables.

Abandonado en esta habitación, nadie sabe de mí, nada me queda, soy un despojo humano, lo reconozco. Y, no sé por qué, ni cómo pero lucharé. Mañana prometo dejar de beber y desafiar al mismísimo Lucifer. Ahora me tomaré un trago a la salud de mi éxito.

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