Cuando me dijo: ¡vamos! yo lo hice. Crucé la puerta sin vacilar. Una luz me cegó, no distinguía si estaba dentro o fuera. No fuera de mí, sino de su casa. Estaba dentro, si mis ojos no me engañaban, estaba dentro. ¡Qué lugar tan sombrío! pensé, más me valdría haberme quedado fuera. Sí, al margen, pues no conocía bien a ese tipo, de hecho era un absoluto desconocido. Fue el ímpetu con el que se dirigió a mí, lo que me incitó a entrar. No, no entraré en su juego porque sí, puedo ser condescendiente pero no estúpido.
“¿Qué buscas?” le pregunté sin ambages. “Compañía”, fue su contestación. Entonces lo comprendí todo, había sido una extraña confusión. Yo no era compañía para él, sólo era un don nadie y así se lo hice saber. Se disculpó entre sollozos, ya lo sospechó desde el principio pero estaba tan solo que me dejó pasar. -Nadie engaña a nadie-, le dije y el asintió con la cabeza cerrando la puerta.

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