No soy yo, son ellas, flotan, las notas, son ellas; la negra música negra se introduce e invade mi  cuerpo. De la misma forma que lo haría cualquier virus, infectándome hasta el tuétano, hasta lo  más profundo y recóndito que se pueda llegar en un hombre.

Mis pequeñas  orejas reciben, mis oídos descifran la melodiosa voz de mujer que se cuela como un susurro y roba mi razón. Penetra a través de mis venas, para ir recorriendo todo rincón de mi anatomía, llenando cada esquina de ritmo, notas y miedo. Miedo de no volver a sentirlas, miedo de no volver a escucharlas, miedo de que mi corazón no se estremezca como lo está haciendo ahora, miedo de no estar vivo entre esta agitación que me invade y me conmociona.

Puedo llorar y lo hago. Lloro porque estoy sintiendo, lo noto, lo necesito, no lo había olvidado. Sigo vibrando con las felinas gotas sonoras, que agazapadas, hacen de mí una persona rendida, mansa, reconocedora de su derrota. Una derrota gloriosa ante el torrente de emociones que perciben mis sentidos. Oídos cómodos y serenos, atentos, ávidos de más; el olor de la amarga adrenalina a flor de piel; el tacto de mis dedos transmitiendo espontáneamente a través de las sobadas teclas; los ojos en constante alerta para que mis palabras atrapen a los demás sentidos y, por último, el delicioso placer de escribir y sentir. Placeres que por fin se fusionan en uno. Se convierten en el instrumento de deleite hambriento de un ser, de mi ser. Bendito abandono, abandono consciente de ser inconsciente, necesario, buscado, anhelado, milagroso. Puedo continuar meciéndome, y lo haré, como una madre a su bebé hambriento, necesito ese movimiento para trasladarme, para colocarme en el universo infinito y en la estrella que portará mis deseos. ¡Qué sensaciones no percibidas! ¡Y no es tarde! ¡Siempre es pronto! ¡Lo he conseguido! Quizás sea tarde para quien no tiene confianza, quizás pronto para el que anhela tenerla. Sí, sí, sí. Hazlo así. Muy bien, estás ganando, lo estás consiguiendo, nunca habías estado perdido, tan solo extraviado. Bendita música, gracias momento, notas, sensaciones, gracias por hacerme más yo, por elevarme, aunque sólo haya sido por un minuto, por un segundo, por nada. Lo pensaba todo huero, muerto, inexistente, pero estaba en la caja roja, en la bomba que no descansa, que casi nunca descansa. Derrama tu líquido en mí, hazme pedazos, hazme digno de vivir esta puerca, a veces, vida. Enséñame lo que no he aprendido y necesito aprender.

Yo he elegido por fin, y elijo ser y no estar. Sentir, reír, gozar, saltar, girar, gritar, callar, lo que tenga que ser. Bien, me encuentro bien. Me complace que mi corazón me maneje a su antojo, soy su muñeco de peluche. Así tiene que ser.

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